Por ejemplo, pareciera indiscutible que el voto voluntario traerá un grado de indeterminación en el padrón electoral, alterando los intereses de los partidos políticos, que se volverán aún más sesgados hacia ciertos segmentos de la población, -los más ricos y de mayor cultura-, que son los sectores que históricamente participan en forma mayoritaria. Además, no es descabellado un aumento del clientelismo ya observado en las campañas, ni tampoco lo es esperar un énfasis en discursos radicales e irreflexivos con el fin de atraer a los jóvenes que, en el presente año, han mostrado en un número importante repulsa hacia las instituciones y la deliberación de ideas. Cabe tener presente, además, que la evidencia empírica acumulada hasta ahora muestra que en países donde existe el voto voluntario, la participación electoral se vuelve aún más desigual. Así da cuenta uno de los últimos estudios publicados al respecto por Juan Pablo Luna y el Centro de Políticas Públicas UC. En un contexto de creciente y notoria desafección política, es razonable preguntarse si profundizar aún más el camino del “individuo autónomo”, sin más responsabilidades para con la sociedad que aquellas que le vienen en gana, colabora a mejorar el sentido de pertenencia a la comunidad política, con todo lo que esto implica, comenzando por los deberes cívicos.
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