Sin embargo, esas visiones de la participación se “quedan cortas” si comprendemos la participación desde una perspectiva más humilde y constructiva, es decir, como la forma en que cada persona se hace co constructor de su sociedad, aportando con su trabajo, tiempo, capacidades e individualidad al bienestar colectivo. Limitar la participación al voto no sólo es equívoco, sino que también reduce casi al mínimo las bondades y el alcance que puede tener la forma de ser co constructores de esta sociedad. Pareciera ser que levantarse un domingo a emitir un voto y elegir a las autoridades debería ser el mínimo, el “piso” de cada persona para sentirse parte de este colectivo social. Frases tales como “finalmente se sumarán todos al sistema” o “ahora sí que la participación ciudadana será total” resultan pretensiosas, por decir lo menos. Tal como la participación no se podría limitar al voto, tampoco se debería confundir con una cuestión reservada para personalidades destacadas o que movilizan masas, sean Camilas, Giorgios o como se llamen. Marchar, protestar o pedir reformas, puede ser una forma de participar, pero no es la forma de participación cotidiana o la normalidad – por más que algunos quizás quisieran marchar para siempre-. Por ello, más allá de espacios concretos, acotados y singulares que se relacionen con una forma de participar, pareciera ser que lo más valioso de la participación por forjar una sociedad mejor es poder hacerlo en las cosas cotidianas, “normales” y en el día a día. Con una actitud sostenida en el tiempo, que no aparezca cuando se prenden las cámaras o me “estén mirando”, sino que de manera silenciosa, humilde, pero que vaya creando actitudes y comportamientos que contribuyan con el bienestar personal, pero por sobre todo con una lógica de solidaridad, pensando en el bien de los demás. Esto cotidiano no es más que “hacer bien la pega de cada uno”, obviamente no la pega vista como el horario laboral únicamente – aunque este aspecto también pareciera ser fundamental a la hora de participar con la sociedad-, sino que en la “pega” de papá, de jefe, de vecino, de amigo; en cada lugar donde me toque actuar y con los que me toque relacionarme. Paradojalmente, en esto es donde se necesitan más “reformas” y donde, quiérase o no, se forjan verdaderamente las bases de toda sociedad. En concreto: aconsejar a un hijo, ser diligente en el trabajo, sacar adelante a una familia, alcanzar con esfuerzo la educación superior, ser honesto en el diario vivir, parecieran ser hechos irrelevantes a la luz de las cámaras de televisión y que suenan a “lugares comunes”, pero también parecieran ser las claves para poder decir con toda propiedad que “Chile lo construimos todos”. Las estadísticas y hechos recientes (Chile es el segundo país más individualista del mundo , despido de funcionario de CHV que dio a conocer toda la entrevista de Inés Pérez) muestran que justamente aquí está la principal crisis de nuestra sociedad. Pero son estas mismas cotidianidades, que olvidamos, las que hacen de esta participación y preocupación por el otro, cambios de conducta y de formas de vivir ¿Necesitaríamos algo más para participar? La respuesta pareciera ser no, y para eso no necesitamos de alfombras rojas o portadas de diario. |