El futuro del progresismo | Columna en Fast Check
Es paradójico que el sector político que ha hecho de la transformación una de sus principales banderas tenga dificultades para imaginar su futuro sin recurrir a un pasado que quisieron superar.

Foto: Imagen generada con IA / ChatGPT
“No puede ser que el progresismo tenga a una sola persona de la cual se dependa” manifestó Pierina Ferretti, presidenta de Nodo XXI, el fin de semana pasado. Sus palabras adquieren especial relevancia ante el reciente protagonismo de Michelle Bachelet en la política chilena. Han pasado veinte años desde que la expresidenta llegó por primera vez a La Moneda y, contraintuitivamente, la generación que irrumpió prometiendo renovar la política desde una izquierda con otra escala de valores, vuelve a mirar hacia ella para encontrar un liderazgo que los reúna.
Es paradójico que el sector político que ha hecho de la transformación una de sus principales banderas tenga dificultades para imaginar su futuro sin recurrir a un pasado que quisieron superar. Aun cuando es claro que Bachelet tiene todo el derecho a seguir participando en política, su nuevo rol protagónico no deja de enredar el escenario. No se trata sólo de una posible inhibición de liderazgos como sugiere Ferretti, sino que el nuevo entusiasmo electoral puede terminar postergando la difícil reflexión sobre qué proyecto político tiene hoy el progresismo para ofrecer al país.
Aunque los contextos son muy diferentes, la experiencia del Partido Demócrata estadounidense ofrece algunas lecciones. El sociólogo Musa al-Gharbi, uno de los críticos más agudos del progresismo norteamericano, ha advertido que los demócratas podrían recuperar posiciones electorales gracias al rechazo que genera Donald Trump, pero sin que eso signifique recuperar la confianza de los ciudadanos.
¿Cuándo se perdió dicha confianza? Al-Gharbi sostiene que una parte importante del progresismo estadounidense terminó confundiendo sus propias prioridades culturales con las preocupaciones del conjunto de la sociedad. Mientras sus dirigentes y activistas concentraban buena parte de sus esfuerzos en determinadas causas identitarias, fueron perdiendo capacidad para interpretar las inquietudes de sectores que históricamente habían representado. El problema, advierte, no se resuelve simplemente reemplazando a los dirigentes tradicionales por una izquierda más joven y radical si esta tampoco consigue conectar con las prioridades de los ciudadanos.
Siguiendo esa lógica, la pregunta que enfrenta el progresismo chileno va mucho más allá de quién puede conducirlo. Se trata más bien de identificar por qué una parte importante de la ciudadanía, especialmente de los sectores populares que históricamente pretendió representar la izquierda progresista, ha dejado de reconocerse en su proyecto.
Durante demasiado tiempo, en lugar de intentar comprender esa distancia, esta se abordó con soberbia y superioridad moral. El “facho pobre” es probablemente una de las expresiones que mejor lo expresan. En lugar de preguntarse por qué determinadas personas dejaron de adherir a sus propuestas, la explicación se redujo a la ignorancia, manipulación o incapacidad para comprender sus propios intereses.
Porque comprender supone reconocer que las preocupaciones de las personas no siempre coinciden con las prioridades de quienes conducen el debate político. La inseguridad, el empleo, el estancamiento económico, el costo de la vida, las dificultades para acceder a una vivienda o formar una familia no pueden ser tratadas como inquietudes secundarias, ni tampoco basta con incorporarlas al discurso por conveniencia electoral. Se requiere ofrecer respuestas convincentes, aunque ello obligue a revisar diagnósticos y abandonar antiguas certezas.
Por eso, quizás la pregunta más importante para el progresismo no sea quién viene después de Bachelet, sino qué proyecto político tiene para ofrecerle al país. Más que la inhibición de nuevos liderazgos, el riesgo de su regreso es que un eventual triunfo electoral termine postergando una discusión que la izquierda chilena tiene pendiente.





