Estándares demasiado exigentes para tener hijos | Columna en Fast Check
La crianza intensiva no explica por sí sola nuestra baja natalidad, ni probablemente sea una de sus causas principales. Pero altera las condiciones bajo las cuales muchas personas evalúan la decisión de tener hijos, y eso basta para no dejarla fuera de la conversación.

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En la búsqueda de razones para explicar por qué las personas tienen menos hijos, probablemente las más profundas suelen apuntar a una sociedad crecientemente individualista, en que formar una familia compite con proyectos personales que antes ocupaban un lugar menos central, o inexistente. Desde una perspectiva más práctica, se calcula también el costo de la vivienda, la educación, la salud o el cuidado infantil. Hay, sin embargo, otro cambio cultural al que se presta menos atención, y que afecta a quienes sí tienen entre sus expectativas formar una familia. Hoy criar exige bastante más que hace algunas décadas; la “crianza intensiva” parece ser la hoja de ruta cuando se decide tener hijos.
Lo que parte como una planilla Excel de objetos necesarios para el momento de tener un hijo -que incluye desde la silla del auto, mueble mudador hasta curiosas novedades como calentador de toallitas húmedas, basurero especial para pañales, pasando por gimnasios de estimulación temprana y una silla para comer evolutiva- termina con cuantiosos preuniversitarios, coaching vocacional, academias deportivas, e idealmente uno que otro viaje.
El concepto de “crianza intensiva” suele remontarse a la socióloga Sharon Hays, quien en 1996 acuñó la noción de intensive mothering para describir una crianza centrada en el niño, guiada por expertos, emocionalmente absorbente y demandante en cantidades importantes de tiempo y dinero. La preocupación de Hays no era propiamente la natalidad, sino la contradicción de fortalecer ese modelo de crianza en una sociedad que, fuera del hogar, premia la competencia, la eficiencia y el interés individual. Para Hays, cargamos la maternidad con obligaciones extraordinarias precisamente porque funciona como una especie de contrapeso moral a una sociedad organizada alrededor del interés propio. La hipótesis sigue siendo sugerente para pensar el presente. Si sobre ser madre (o padre) depositamos obligaciones cada vez más amplias, no sorprende que asumirlas parezca también un sacrificio cada vez mayor.
Años después, los economistas Garey y Valerie Ramey mostraron otra dimensión del fenómeno. En The Rug Rat Race (2009) constataron que, después de décadas de reducción del tiempo dedicado a tareas domésticas, el tiempo parental destinado a los hijos comenzó a aumentar abruptamente desde mediados de los noventa. El incremento fue especialmente marcado entre madres con educación universitaria, que sumaron más de nueve horas semanales, frente a algo más de cuatro entre quienes no tenían título universitario. Los autores vincularon parte de ese cambio con la competencia por ingresar a universidades selectivas.
Sería un error trasladar mecánicamente esa explicación a Chile, salvo quizás en segmentos muy específicos, pero también sería equivocado creer que las prácticas culturales necesitan, para reproducirse y atravesar fronteras, las mismas condiciones que les dieron origen. Redes sociales, especialistas, influencers y una industria completa dedicada a la infancia difunden globalmente formas muy exigentes de entender qué significa criar bien.
La crianza intensiva no explica por sí sola nuestra baja natalidad, ni probablemente sea una de sus causas principales. Pero altera las condiciones bajo las cuales muchas personas evalúan la decisión de tener hijos, y eso basta para no dejarla fuera de la conversación.
No es solo que criar cueste más, sino que hemos ampliado el ámbito de responsabilidad de los padres, y ahora, cada nueva posibilidad de ayudar a un hijo corre el riesgo de transformarse en una nueva obligación. Si para criar ya no basta con hacerlo razonablemente bien, la decisión de tener hijos, inevitablemente, se vuelve demasiado exigente.





