Repensar la solidaridad | Columna en El Llanquihue

El bienestar de una persona está indisolublemente ligado al bienestar de la comunidad entera.

Foto: imagen generada con IA / Midjourney

Todos los años en agosto conmemoramos el mes de la Solidaridad, y es habitual por estas fechas honrar a los “héroes” de nuestra patria, cuyos nombres serán evocados por muchos años a pesar de no llevar capa. Recordamos al Padre Alberto Hurtado y su constante entrega a los más necesitados. También a fundadores de diversas organizaciones que buscaron dar respuesta a urgencias sociales, líderes nacionales y locales que levantaron a comunidades tras algún desastre natural, y también a aquel vecino que acogió al otro en momentos de crisis. Son ejemplos de nombres concretos que merecen ser admirados porque, ante distintos caminos, eligieron el de incomodarse, el que ocupaba tiempo y estaba sujeto a constantes frustraciones, recordando la importancia de salir al encuentro del otro y mirar de frente sus necesidades.

Sin embargo, en honor a ellos cabe hacernos una pregunta incómoda: ¿estamos entendiendo bien la profundidad del valor de la Solidaridad y cómo esta nos interpela? ¿Será que lo redujimos a un acto heroico reservado para ciudadanos excepcionales, o a un voluntariado esporádico?

A menudo entendemos la solidaridad como un complemento en nuestra agenda: una donación anual, un sábado al mes visitando a personas en necesidad o un gesto bienintencionado cuando alcanza el tiempo. Pero, cuando convertimos la solidaridad en una excepción reservada para momentos críticos o para personas extraordinarias, corremos el riesgo de vaciarla de su verdadero sentido y desentendernos de nuestra responsabilidad cotidiana.

La auténtica solidaridad no nace de la lástima ni del deseo de sentirnos "buenas personas". Nace de una constatación mucho más profunda y radical: la interdependencia. El bienestar de una persona está indisolublemente ligado al bienestar de la comunidad entera, y en el mismo sentido, la solidaridad nos recuerda que todos somos responsables de todos.

Por eso, la solidaridad no es un evento más en el calendario ni un trabajo exclusivo de las fundaciones; es una forma de estructurar la convivencia. Se manifiesta en el político que utiliza el poder no para su ambición, sino para el bien común; en el empresario que entiende que el crecimiento económico carece de alma si no se sostiene en el trabajo justo y honrado; en la familia que enseña a sus hijos a salir del individualismo para mirar a los ojos al vecino; y en cada ciudadano que comprende que el espacio público es una casa compartida, en donde todos cuidamos de todos.

En este Mes de la Solidaridad, el desafío es hacer de los buenos actos una costumbre, y devolverle a este valor su carácter de compromiso permanente con la dignidad humana, la justicia social y el bien común.