¿Democracia sin alma? | Columna en El Sur

La democracia necesita desarrollarse en el orden social, donde la conciencia colectiva esté sustentada por una inspiración común. Hasta hace un tiempo, ese fermento era provisto por el cristianismo, no necesariamente como credo religioso, sino como portador de la esperanza de los hombres.

Imagen de la pintura "Disputa del Santísimo Sacramento" en la columna de opinión "¿Democracia sin alma?" de IdeaPaís.

Fotografía: Raffaello Sanzio, “Disputa del Santísimo Sacramento”, Stanza della Segnatura, Museos Vaticanos.

Mientras nuestra civilización se caía a pedazos, en medio del horror del Holocausto y la guerra que no solo exterminó a hombres, mujeres y niños, sino que destruyó las conciencias y las reservas morales de la humanidad, un grupo de intelectuales se preguntaba por las causas de la crisis de la democracia y las razones que habilitaron el ascenso del totalitarismo. De fondo, según los escritos que sistematizó Alan Jacobs, se había perdido el horizonte vital compartido. La reconstrucción de la civilización en un contexto de inminente triunfo de los aliados, debía realizarse, por tanto, bajo un nuevo humanismo cristiano que posibilitara ese horizonte.

Uno de esos intelectuales, Jacques Maritain, escribió en 1942 –cuando el desenlace de la guerra era aún incierto– que el fracaso de la democracia moderna era, en primera instancia, de orden espiritual. Sostuvo con fuerza que el ideal democrático surge de la inspiración del Evangelio y no puede subsistir sin él, dada su comprensión particular de la dignidad humana y la vida en común. En algún sentido, las fuerzas directrices de las democracias renegaron durante un siglo del cristianismo en nombre de la libertad humana, quitando de ella ese fermento de la vida social y política del pueblo donde descansa su funcionamiento.

Maritain y otros intelectuales cristianos tuvieron un rol importante en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) en el escenario posguerra. La impregnaron de un nuevo humanismo donde la ley natural y la dignidad del hombre se sitúan por encima del Estado.

Lo que vino después es conocido. El optimismo moderno de los años 90’ luego de la caída del bloque soviético, se constató en El fin de la historia de Fukuyama: anunció el triunfo y consolidación de la democracia liberal y el capitalismo como modelos dominantes. A 30 años de ello, la conclusión parece haber sido, al menos, apresurada. La democracia liberal atraviesa una crisis mundial evidente. Con el auge del populismo, la polarización y la desafección ciudadana, se ha puesto el énfasis en las causas institucionales que la explican.

El best seller Cómo mueren las democracias ilustra bien el modo dominante de comprender esta crisis: hay factores técnico-institucionales que explican el auge autoritario o populista. La pregunta de la política consistiría, por tanto, en cómo identificar a estos líderes que amenazan la estabilidad institucional y cómo limitar el daño producido si ascienden al poder.

Aunque necesarias, estas explicaciones son insuficientes para comprender la magnitud de la grieta. La modernidad ha degradado el sustrato moral y espiritual que le dio origen, particularmente de su herencia cristiana. Aunque esta observación pueda sonar incómoda de sostener en una sociedad secularizada, la democracia no es simplemente un conjunto de reglas, sino también un entramado de convicciones comunes sobre la persona, la dignidad y el bien común.

La democracia necesita desarrollarse en el orden social, donde la conciencia colectiva esté sustentada por una inspiración común. Hasta hace un tiempo, ese fermento era provisto por el cristianismo, no necesariamente como credo religioso, sino como portador de la esperanza de los hombres. ¿Podrá sobrevivir la democracia si renuncia a las raíces que la hicieron posible?