El rol de los «opinólogos» | Columna en La Segunda
Así como esta reforma no define al gobierno como iliberal, las críticas a ella no vuelven a sus emisores en indolentes desconectados que viven en Urano.

Foto: imagen de Unsplash Mohamed Nohassi
La agenda de seguridad explica en gran parte porqué José Antonio Kast es el presidente más votado de nuestra historia. Los chilenos querían mano dura, y su propuesta era firme, decidida, sin ambigüedades. Todo bien, todo calzaba, bien ganado.
Por eso, cuesta tanto entender la situación actual del gobierno. Con el nivel de aprobación y viento a favor que tiene en este tema —y con una oposición sin rumbo— resultan incomprensibles los errores que cometidos. Con un apuro probablemente gatillado por el «copamiento comunicacional» que sigue seduciendo a algunos, el gobierno pasó de un fantasmagórico no-plan de la exministra Steinert a presentar una potente agenda contra el crimen organizado. El corazón de la propuesta (más de 30 proyectos de ley) quedó en el olvido, al robarse la película una reforma constitucional inconsulta, cuya necesidad es al menos discutible.
El ministro del Interior —que recupera fuerzas luego de que el TC le diera la razón— ha dado señales que apuntan a recoger el guante y modificar el nuevo estado de excepción. Sin embargo, aunque el contraataque oficialista resultara, la reacción del gobierno ante las críticas es llamativa.
Así como esta reforma no define al gobierno como iliberal, las críticas a ella no vuelven a sus emisores en indolentes desconectados que viven en Urano. El ministro Arrau ha dicho que esta es la «agenda de la ciudadanía», e invitó a los «opinólogos» a ir a las poblaciones para que vean lo que ahí ocurre. La frase suena bien por lo que tiene de cierto. La crisis de seguridad es cualquier cosa menos un invento de la derecha. En muchos barrios la libertad se vuelve un privilegio o un recuerdo del pasado. Con todo, sus dichos encierran un problema.
Gobernar no es ejecutar aceleradamente lo que piden las encuestas, sin antes mediar ni preguntarse si las herramientas pensadas son funcionales para dar con lo que se necesita. Los chilenos elegimos al gobierno para que gobierne desde sus ideas y con su programa de gobierno, y no para ser reproductores de preferencias ciudadanas, las que, por lo demás, cambian con sorprendente volatilidad. ¿Se seguirán defendiendo con igual ahínco las mayorías circunstanciales si ellas mutan y contradicen lo que el gobierno piensa?
El mismo ministro Arrau usó la figura del crédito bancario para explicar la victoria de Kast en diciembre. Los votos que obtuvo JAK serían un préstamo que habría que saldar día a día. Es cierto que un crédito hay que pagarlo en tiempo y forma. Pero la razón de ser de una deuda no es pagarla, sino que el deudor se vuelva sostenible, genere valor con el crédito y haga un buen trabajo de acuerdo a su giro. El gobierno arriesga terminar pagando la deuda religiosamente «de cara a la ciudadanía», pero sin haber cumplido la propia misión que lo llevó a contraerla en primer lugar. El rol de los «opinólogos» es recordar gentilmente esa frágil fidelidad.



