La sociedad de Meta | Columna en El Sur
El caso abre una oportunidad para otorgar una salida real. Ninguna compañía debería tener la posibilidad de sumergir impunemente a millones de niños en la adicción de sus productos.

Foto: Imagen de Unsplash Daria Nepriakhina
Meta, la ingente compañía de redes sociales, acaba de llegar a un acuerdo extrajudicial con múltiples estados norteamericanos que la demandaron. ¿La razón? Los acusadores sostenían que la empresa diseñó intencionalmente algoritmos para generar adicción en jóvenes. Y cuando tuvieron evidencia del daño, la ocultaron sistemáticamente.
El acuerdo considera un pago de hasta US$17.000 millones a los estados demandantes y una serie de medidas restrictivas en el uso de sus plataformas a menores de edad: bloqueos nocturnos, límite diario de navegación, ocultamiento de métricas como likes y reacciones, entre otras. El acuerdo generó sorpresa. La multimillonaria empresa negó siempre toda acusación y sostuvo hasta el final su supuesto compromiso con la protección de los niños en sus aplicaciones.
Pero si estas medidas eran posibles, cuesta entender por qué no se implementaron antes. Más todavía cuando la reacción vino solo luego de advertir que las indemnizaciones en juego alcanzaban cifras que amenazaban seriamente la sostenibilidad financiera de la compañía. Solo las demandas de los 4 estados principales llegaban a los USD$193 mil millones en daños y perjuicios. Dos veces el presupuesto anual de Chile. Por lo demás, las medidas compensatorias se aplicarán, por ahora, solo a los estados demandantes. Un compromiso real con la protección de los niños haría que estas medidas restrictivas se aplicaran universalmente. Veremos.
Con todo, la situación es inédita y debe movilizarnos a hacernos las grandes preguntas que ignoramos por 20 años. Las redes sociales, en este tiempo, han cambiado todo nuestro modo de vivir: el trabajo, la educación, la amistad, la política, la economía, el amor. Y en eso, Chile tiene el triste récord de la OCDE en ser el país donde sus jóvenes pasan más tiempo frente a las pantallas con un promedio de 45 horas semanales.
Las culpas podrían dispararse multidireccionalmente. ¿Dónde están los padres? ¿Y la educación? ¿Y qué hace el colegio? ¿Y el Estado, algo que decir? Probablemente hay una concertación de responsabilidades compartidas, pero de fondo, hay un grito de auxilio por pertenecer, por validarse, por ser visible.
Mientras nos culpamos mutuamente, el poder de las compañías parece imposible de contrarrestar. ¿Qué hace un Estado pequeño como el chileno intentando regular a una empresa transnacional cuyos ingresos duplican su presupuesto? ¿Cuánto tiene que luchar heroicamente una familia para negarle un teléfono a su hijo? ¿Puede un profesor de escuela competir con un sofisticado algoritmo creado para generar adicción?
El caso abre una oportunidad para otorgar una salida real. Ninguna compañía debería tener la posibilidad de sumergir impunemente a millones de niños en la adicción de sus productos.
Hace una semana el cardenal Chomali envió un potente mensaje a los empresarios chilenos. Junto con reconocer sus aportes, los llamó a ejercer un liderazgo que ponga en el centro la dignidad de la persona. Y dejó una pregunta especialmente pertinente para Meta y las grandes plataformas tecnológicas: ¿Qué generación vamos a dejar a la sociedad futura? Pocas entidades, lamentablemente, tienen tanta capacidad para influir en esa respuesta como Meta.



