Tradwife, S.A. | Columna en Fast Check

La trampa –y lo verdaderamente frustrante– entonces, no es que la tradwife mienta sobre el trabajo doméstico. Es que su versión minuciosamente elegida y editada le quita el lenguaje a las mujeres que de verdad lo hacen –sin canjes, sin cámara y sin transferencia al final de mes.

Ilustración en trazos azules sobre fondo celeste mostrando a una influencer tradwife cocinando frente a una cámara, en la columna de opinión "Tradwife S.A." de IdeaPaís.

Ilustración: Imagen generada con IA / ChatGPT

Rebosa en los reels de las redes sociales la misma mujer, con harina en mano, un delantal de lino, la luz aesthetic de la tarde entrando por una ventana de campo. Amasa pan, prepara los desayunos a sus hijos a las cinco de la mañana, habla con voz aterciopelada, y cuenta que la felicidad ha estado, todo este tiempo, en la cocina de su casa… El video dura cuarenta segundos y termina con un enlace a su tienda…

No hace falta explicarle a nadie menor de treinta qué es una tradwife. Probablemente la vio esta mañana, sin buscarla, entre un video de recetas y uno de skincare. Lo que esa imagen desplaza, subrepticiamente, es la idea –mucho menos fotogénica– de lo que realmente significa sostener una casa.

El problema es semántico. Analizando este fenómeno, la discusión pública empezó a usar el concepto de “tradwife” y “dueña de casa” como si fueran sinónimos. Y en ese reemplazo, borró de un plumazo la conciencia adquirida sobre el trabajo no remunerado –el que verdaderamente hace funcionar una casa, cría niños, cuida a los mayores–, que especialmente la pandemia logró instalar como una función pública. Durante un tiempo breve, ese trabajo fue reconocido como trabajo. Hoy, para buena parte de las redes sociales, volvió a ser un personaje que veíamos en las publicidades de los años cincuenta.

Esa estrechez de vocabulario tiene su correlato –incómodo– en las cifras que entregó esta semana Ipsos en su último estudio Aspiraciones de Vida: solo un 25% de los chilenos considera que convertirse en padre o madre es señal de una vida exitosa, muy por debajo del trabajo estable (67%) o la vivienda propia (66%). La cifra es todavía más baja entre mujeres (22% frente a un 28% de los hombres). Mientras la fantasía de la domesticidad light gana pantalla, la maternidad pierde peso como medida de una vida lograda y, paradójicamente –o no tanto–, son las propias mujeres quienes menos la nombran como logro. Y sin embargo, entre quienes todavía no son madres, las mujeres declaran con más frecuencia que los hombres que lamentarían no llegar a serlo algún día. La maternidad, entonces, no desapareció como deseo pero perdió terreno como medida pública de éxito.

¿Por qué, entonces, esa estética resulta tan seductora si ni siquiera refleja lo que la mayoría declara querer? La respuesta está al final de ese mismo reel: la venta. Porque la tradwife no vuelve al hogar, sino que lo transforma en un negocio –probablemente mucho más rentable que cualquiera de nuestros salarios.

La harina, la masa madre, el delantal de lino no son un rechazo al mercado como el causante del debilitamiento de la familia, son, de manera notable, su forma más sofisticada. Buena parte de ese contenido es también publicidad, escondida detrás de un falso estoicismo y una entrega que se presenta como desinteresada.

En efecto, estudios sobre este tipo de contenido muestran que una amplia mayoría de esos videos incluye, de forma explícita, tácticas para generar ingresos, a través de promociones de productos, códigos de descuentos, cursos. De ahí que el detrás de escena rara vez aparezca; y cuando lo hace, sea también parte del contenido. Porque la autenticidad, cuidadosamente producida, se convirtió en el género de mayor demanda. Por eso, lo que nunca se muestra es el baño sucio ni la cuenta bancaria a fin de mes: ambos arruinarían el producto.

La trampa –y lo verdaderamente frustrante– entonces, no es que la tradwife mienta sobre el trabajo doméstico. Es que su versión minuciosamente elegida y editada le quita el lenguaje a las mujeres que de verdad lo hacen –sin canjes, sin cámara y sin transferencia al final de mes. A las que están en casa por necesidad y no por elección.