Uber, no me hable | Columna en El Sur

En medio de la abundante saturación digital, en la dictadura de la inmediatez y el algoritmo, quizá vale la pena volver a descubrir la conversación pausada y la experiencia del otro.

Foto: imagen generada con IA / ChatGPT

Hace ya unos años que Uber —la transnacional de transportes— incorporó una función adicional para sus usuarios, la cual bautizó como “Uber Comfort”. ¿En qué consiste ese “Comfort”? En acceder a vehículos más espaciosos, conductores con mejores calificaciones y una temperatura ad hoc a la preferencia del cliente. Hasta ahí, pagar adicional por dicho servicio parece razonable si se busca una mayor comodidad en el viaje. Pero hay un servicio que, dado los tiempos actuales, amerita, al menos, una reflexión adicional.

Porque junto con todo lo anterior, puedes pagar por un viaje en silencio. La notificación al conductor es que no deseas que te dirija la palabra. El concepto de “Comfort”, que hace referencia a la comodidad, a la ausencia de molestias, en este caso se aplica ante el silencio del otro. Desde luego, aunque alguien podría establecer una objeción moral a la empresa, la realidad es que la oferta se crea porque existe una demanda del servicio.

Así, al parecer cada vez más, preferimos que una app actúe de intermediaria entre lo que antes era propio de interacciones directas. Puede ser timidez, falta de habilidades sociales o simple comodidad; como sea, incluso si necesitáramos un viaje sin interacción por motivos de extrema necesidad, parece razonable poder transmitirlo sin tener que pagar para que un app lo haga.

Esa forma impersonal de relacionarse, aunque a simple vista pueda parecer de menor importancia, es una muestra del proceso de desanclaje social que se vive en los tiempos modernos. La lógica de la hiperproducción acelera cada vez más nuestra baja disposición a ocupar tiempo en un “otro” que no produzca una utilidad o beneficio medible, dando paso a relaciones meramente instrumentales donde prevalece siempre el “yo”.

En palabras de Byung Chul Han, en el mundo de hoy nos encontramos, cada vez más, solo con nuestros similares. Nos asienta un terror a lo distinto, a aquello que nos produce incomodidad, opresión o dolor. En la sociedad de lo igual, las redes sociales solo refuerzan ese encuentro con quienes piensan igual, viven igual, que sus experiencias son iguales. Probablemente allí también se aloja una de las causas de la crisis de la empatía y el hiperindividualismo tan propio de hoy. Si no existe apertura a conocer lo desconocido, a padecer dolor y sufrir —que es parte de la experiencia vital de lo distinto—, entonces no hay comunidad posible.

En medio de la abundante saturación digital, en la dictadura de la inmediatez y el algoritmo, quizá vale la pena volver a descubrir la conversación pausada y la experiencia del otro. En la célebre carta de Simone Weil a Joë Bousquet, la filósofa francesa releva la atención como la “forma más rara y pura de la generosidad”, pues permite suspender el yo para atender genuinamente al otro. Sin atención es imposible mirar el mundo y descubrir sus misterios.

Después de todo, dejar a un lado la realidad de la eficiencia y la rapidez, huir de ese “comfort” que vende el mercado como ausencia del prójimo y volver al sentido, la belleza e incluso la inactividad, es la forma más humana de vivir.