¿Un gobierno conservador? | Columna en Cooperativa
Echar mano a la técnica en cada decisión, y mantener al margen cualquier juicio de valor, hará incapaz a la derecha de proyectarse al futuro.

¿Qué se podría esperar razonablemente de la acción política de un proyecto conservador cuando llega al poder? Primero, un fuerte énfasis en la valoración de instituciones fundamentales como la familia. Ello no significa desplegar esfuerzos aislados y concentrados en un único ministerio; por el contrario, implica impregnar con este enfoque cada una de las decisiones, agendas y normativas. Segundo, una valoración de la tradición, que en el contexto occidental se configuró -guste o no- a partir del encuentro entre Atenas, Roma y Jerusalén. Por tanto, le incomoda (o le debería incomodar) el subjetivismo moral y la idea de un individuo completamente autónomo, capaz de definirse al margen de los vínculos que lo constituyen. Un proyecto conservador reivindica, en cambio, la virtud, los vínculos comunitarios, entre otras dimensiones inmateriales. Y por último, una tendencia a valorar los cambios paulatinos, el orden, la autoridad y el cumplimiento de las normas.
El gobierno de Kast tiene un fuerte énfasis (al menos en el relato) en esto último. Una de las primeras leyes aprobadas en su gobierno fue la que reforzó la autoridad del profesor y dispuso nuevas medidas para asegurar el cumplimiento de las normas educativas y castigar a quienes las transgredan. Podemos diferir en la efectividad de los medios para asegurar el fin esperado, pero el énfasis y las señales son evidentes. Esta semana, con la presentación de la agenda de seguridad, se propuso retomar la promesa del orden, que constituye el principal relato a proteger.
Sobre la valoración de instituciones como la familia, la ministra Wulf ha diseñado una agenda coherente: todo niño merece crecer y vivir en familia; la baja natalidad es un problema que se debe enfrentar intersectorialmente. Lamentablemente, esta visión no parece permear en las iniciativas de los ministerios económicos. En el texto de la megarreforma no se le mencionó ni una sola vez, perdiendo la oportunidad de levantar políticas públicas que incentiven directamente su formación. Su ausencia no es producto del azar.
Pero a cinco meses de gobierno, se asoma un subjetivismo moral y una primacía tecnocrática que se confunde con centrarse solo en los temas del “gobierno de emergencia”. Las modificaciones a Becas Chile para priorizar áreas que traerían “verdadero desarrollo” lo ilustra bien. La ministra Linconao defendió la medida aludiendo a que responde a una decisión “técnica” y no “ideológica”. Un pragmatismo ante la necesidad de aumentar unos puntos de crecimiento y productividad, aunque el costo a pagar sea dejar de reflexionar sobre sus fines e incluso contradecir las bases del proyecto político que representa. Ese fue el caso de la decisión de gravar los casinos de apuesta online. No bastaría mucho esfuerzo para hacer un catálogo relativamente extenso de decisiones que han elevado el pragmatismo y la técnica por sobre cualquier otra consideración. ¿Podría llamarse a eso “gobierno conservador”?
Y aunque no hay que ponerse nerviosos ni ser injustos -quedan 43 meses de gobierno- es imprescindible hacerse la pregunta hoy: ¿Cómo espera ser recordado el gobierno al término de su mandato? ¿Su labor se entenderá cumplida si logra sacar a Chile del estancamiento económico y laboral? ¿Basta aminorar los índices de percepción de inseguridad? ¿En qué quedó la “crisis moral y social” que los mismos republicanos diagnosticaron?
Echar mano a la técnica en cada decisión, y mantener al margen cualquier juicio de valor, hará incapaz a la derecha de proyectarse al futuro. Podremos avanzar en la IA e incorporarla a nuestra vida eficientemente, pero si dejamos de lado las grandes preguntas que acompañan su desarrollo, ¿qué sentido tiene? Es un salto al vacío.
Un gobierno conservador no puede renunciar a basar toda su acción política en una determinada concepción del ser humano y el bien social. Lo realmente paradójico, sería despreciar esa idea teniendo sobre sí una tradición histórica de pensamiento tan grande a la cual recurrir.
Y esto no tiene que ver ni única ni principalmente, como algunos intentarán reducir, a cuestiones de la “agenda valórica” incompatibles con el diseño de emergencia; por el contrario, remite a volver a los fundamentos que orientan la acción. Porque si el fundamento es una idea materialista y contractual de la vida social, la educación es simplemente una productora de agentes laborales, la familia el lugar necesario para la reproducción y el cuidado de los individuos y la sociedad una mera suma de intereses particulares.
Probablemente no es eso lo que piensa el gobierno, y tampoco le gustaría ser así recordado el 11 de marzo de 2030.



