El biombo de Bachelet | Columna en El Líbero
Más que unidad, lo de ayer parece un nuevo acto que permite esconderse tras el biombo de una figura que buscaron destruir y luego debieron resucitar para sobrevivir.

Foto: Imagen de Wikipedia/ Estado de Chile
Hacía tiempo que no veíamos a las izquierdas reunidas en un mismo escenario. El acto del miércoles en La Pintana, convocado tras la fallida candidatura de la expresidenta Bachelet a la Secretaría General de la ONU y su reciente carta conjunta con el expresidente Boric, prometía gestos de unidad y palabras de buena crianza. Lo que difícilmente ofreció fue una reflexión que necesita un sector que no termina de procesar cuánto ha cambiado la manera en que los chilenos miran al país ni cuánto pesó su último gobierno en el resultado electoral recién pasado.
Un biombo sirve para ocultar lo que no se quiere mostrar. El de Bachelet permite a la oposición dejar fuera de la vista, al menos por una tarde, las reflexiones que siguen pendientes.
El Frente Amplio y la ex Concertación provienen de mundos distintos. Pero el primero no se entiende sin su crítica al segundo. El proyecto frenteamplista se construyó sobre un cuestionamiento profundo a “los 30 años”, al modelo de desarrollo que “esos gobiernos” -incluidos los de Bachelet- consolidaron. Esa tensión nunca fue resuelta. Solo se ha encubierto cada vez que las circunstancias lo exigen; ya sea tras el apabullante rechazo constitucional de 2022 o ahora, ante el fracaso de una candidatura que el propio Boric impulsó. Para Bachelet, los frenteamplistas solían ser los hijos díscolos de la Concertación; para el Frente Amplio, Bachelet era una parte de la élite que vinieron a reemplazar.
Esa misma discordancia estará presente en la actual oposición cuando, una vez más, se enfrente al aniversario del 18-O. La oposición no tiene una lectura común del estallido, ni de los hechos ni de su propio actuar en esos días. Peor aún, el paso del tiempo no ha ayudado a construirla. Basta recordar las recientes declaraciones del diputado Bassa, intentando controvertir la denominación de “Plaza Italia” en favor de “Plaza Dignidad”, para constatar que conviven interpretaciones irreconciliables. Es evidente que una parte (importante) del progresismo sigue romantizando aquellas semanas como una oportunidad de transformación que justificaba (casi) cualquier medio. El propio Boric la padeció cuando fue duramente cuestionado desde su sector por firmar el acuerdo del 15 de noviembre, que abrió el proceso constituyente. Otros, empujados por una opinión pública que hoy juzga con severidad la violencia de esos días, han transitado hacia una mirada más cauta. Con todo, que un acto de esta magnitud se realice a 18 días de este incómodo aniversario, sin abordar esa deuda, revela un vacío que nadie parece dispuesto a llenar.
Por último, no olvidemos el fracaso en la ONU. Aquí la oposición ha optado por el camino fácil de responsabilizar por completo al actual gobierno. Poco se ha dicho sobre la decisión de lanzar una candidatura sabiendo que no estaría en el poder para sostenerla, y sin el menor intento de acordarla con quien lo sucedería. En esa decisión pesó más el simbolismo de la unidad, que la construcción de una candidatura competitiva. Pesó más el cálculo de corto plazo que una verdadera proyección de país en ámbito internacional. El Frente Amplio y la ex Concertación parecen dispuestos a convertir la derrota sufrida en la ONU en una plataforma para reagrupar a una oposición que hasta ahora ha estado replegada y desorientada.
Más que unidad, lo de ayer parece un nuevo acto que permite esconderse tras el biombo de una figura que buscaron destruir y luego debieron resucitar para sobrevivir. La incapacidad de lograr una nueva unidad se mantendrá mientras no se enfrenten las deudas mencionadas. Si ambos mundos quieren hacer algo más que tolerarse, necesitan un diagnóstico común de su historia reciente antes de proyectar un futuro.
Un proyecto de izquierdas con vocación de mayoría no puede prescindir de una reflexión sobre su compromiso con las instituciones, sobre los mínimos que una nación debe compartir y sobre una agenda capaz de convocar a una ciudadanía que se alejó de sus prioridades. Sus coaliciones ya tuvieron más de una oportunidad de transformar profundamente el país sin alcanzar sus objetivos originales. Los desagravios y las palabras de unidad pueden ser un comienzo. Pero lo interesante del acto de ayer no está en quiénes subieron al escenario o los discursos que realizaron, sino en las preguntas que ni siquiera buscaron ser respondidas.





