Para toda la vida…? | Columna en Fast Check
No podemos resignarnos a que dos mitades de la población dejen de entenderse en lo más elemental.

Foto: Imagen generada con IA / ChatGPT
Como siempre, la Encuesta Bicentenario UC trae resultados que obligan a detenerse. Su nueva versión (2026) confirma algo que ya se insinuaba y que los países desarrollados viven hace bastante tiempo: los hombres muestran posturas cada vez más conservadoras y las mujeres, cada vez más liberales. Basta mirar las preguntas: si el matrimonio es un compromiso para toda la vida, si las parejas homosexuales deberían tener derecho a adoptar, si los padres deben permanecer juntos por los hijos aun cuando no se lleven bien. En todas, la distancia entre ellos y ellas es hoy significativa.
Significativa y abrupta. La brecha en matrimonio pasó de dos puntos (2018) a veintiuno (2026); en adopción, de cuatro (2022) a veintiuno (2026). Pero el movimiento no ha sido simétrico. Quienes más se han movido son los hombres. Mirando solo estos indicadores, ellos se estarían volviendo más conservadores; no necesariamente ellas, más liberales.
Como ya dijimos, es una tendencia que se viene observando en otros países. Gallup muestra que en EE.UU., luego de décadas de simetría entre hombres y mujeres en el eje liberal/conservador, la brecha supera hoy los 30 puntos. Algo similar ocurre en Alemania y Reino Unido, y en Chile pudimos intuirlo en las elecciones presidenciales de 2021 o en ambos procesos constituyentes, donde el voto femenino fue decisivo.
De este fenómeno nacen infinidad de preguntas. Por lo pronto, qué factores lo explican y qué podemos esperar para el futuro si se consolida. A priori, veo dos explicaciones plausibles y que probablemente se entrecruzan. La primera –que no es mía– es económica. La industrialización, la modernización y el feminismo incorporaron de sopetón a la mujer al trabajo, expandiendo su lugar en lo público y dándole mucha mayor autonomía. Ese cambio –un avance indiscutible– desarmó el modelo familiar basado en la dependencia de la mujer respecto del hombre. El problema, intuyo, es que el lugar del hombre no se redefinió con la misma fuerza. Su rol de proveedor se desmoronó rápidamente, sin una alternativa clara como reemplazo. Visto así, que ellos crean que el pasado fue mejor resulta comprensible. Si el presente no les ofrece un lugar claro, el pasado parece más seguro.
Esto abre paso a la segunda explicación. Me pregunto si la brecha se debe solo a que ellas se han empoderado –lo cual es positivo–, o si muchos de ellos perciben que ese empoderamiento ha traído consigo un desprecio hacia quienes son. No es que el empoderamiento femenino sea el problema, sino la forma en que parte del discurso ha sido leído por ellos: no como afirmación de las mujeres, sino como negación o minusvaloración de lo masculino.
Con todo, el problema no es tanto que piensen distinto, sino que tengan cada vez menos ocasión de discutirlo. La Encuesta Bicentenario y el Estudio Longitudinal Social de Chile (ELSOC) muestran que han disminuido los confidentes y las amistades cercanas. Algo similar ocurre en EE.UU. Según el Survey Center on American Life, los hombres con seis o más amigos cercanos pasaron de 55% a 27% entre 1990 y 2021. Esto debiera preocuparnos.
El contacto sostenido con quien es distinto –sobre todo si se vuelve amistad– reduce el prejuicio y aumenta la comprensión. Es razonable suponer que la amistad entre sexos, más escasa de partida, sea de las más expuestas, y se pierde el espacio donde ambos aprendían a discrepar y a emprender cosas en común. Si cada vez se encuentran menos, si cada vez hay menos fricción, y si esa relación está cada vez más mediada por el mundo digital –que tiene sus propios incentivos–, es de esperar que esa distancia se acreciente.
Mirando hacia adelante, en un país de bajísima natalidad, debemos observar este fenómeno con detenimiento. No podemos resignarnos a que dos mitades de la población dejen de entenderse en lo más elemental. La autonomía de las mujeres es un logro; nadie quisiera desandarlo –yo no podría escribir esto de no ser así. La pregunta pendiente es cómo evitar que, a partir de ese logro, terminemos por defecto en vidas completamente paralelas.





