El corredor que Lula y Bolsonaro sí comparten | Columna en El Líbero

El corredor bioceánico, y todo lo que de él se deriva, exige una política de Estado que trascienda a quien gane, y eso solo se logra con un comportamiento institucional impecable de nuestra parte.

Foto de una bandera de Brasil ondeando con el viento, en la columna de opinión "El corredor que Lula y Bolsonaro sí comparten" de IdeaPaís.

Foto: Imagen de Unsplash Wesley Tingey

En octubre Brasil vuelve a las urnas y el mundo ya se prepara para leer el resultado como un duelo de titanes: Lula contra Flávio Bolsonaro, izquierda contra derecha, continuidad contra ruptura. Es la lectura más fácil y, al mismo tiempo, la menos útil. Mientras la campaña se libra a punta de consignas y rechazo mutuo, hay una agenda que avanza casi en silencio y que dice mucho más sobre el futuro de la región que cualquier debate presidencial. Esta agenda es la de la integración física y comercial entre Brasil y sus vecinos del Pacífico. Ahí, curiosamente, no hay grieta ni enfrentamiento.

El caso más concreto es el Corredor Bioceánico de Capricornio, la ruta terrestre que conectará al Estado de Mato Grosso do Sul con los puertos chilenos de Antofagasta e Iquique. Hoy, buena parte de la soja y la carne que Brasil exporta a Asia debe rodear el continente o depender del Canal de Panamá, encareciendo cada tonelada que sale del corazón agroindustrial brasileño. Un corredor que atraviesa Sudamérica de este a oeste y desemboca en el Pacífico acorta esa distancia de manera drástica, y convierte a Chile en la puerta de salida natural del principal socio comercial que tiene en América Latina.

Los beneficios corren en ambas direcciones, y ahí está lo interesante. Para Brasil, el corredor significa una salida más rápida y más barata hacia el mercado asiático, sin depender de rutas marítimas saturadas. Para Chile, consolida algo que hace tiempo buscamos sin lograrlo del todo, que es dejar de ser solo un país exportador de materias primas para transformarnos en el nodo logístico y portuario del Cono Sur, capturando valor por lo que somos capaces de mover y no solo por lo que producimos. Antofagasta e Iquique, ciudades que hoy compiten por infraestructura y flujo de carga, tienen en este proyecto una oportunidad de escala continental.

Lo notable, y aquí está la lección que vale la pena subrayar en medio de una campaña tan polarizada, es que tanto Lula como Flávio Bolsonaro han respaldado el corredor, y lo mismo han hecho gobiernos chilenos de distinto signo político. Dos candidatos que se acusan mutuamente de poner en riesgo la democracia coinciden, sin matices, en la conveniencia de esta obra. Podemos concluir que esa es la prueba de que cuando una iniciativa genera beneficios reales y medibles para los países involucrados, el apoyo se vuelve transversal, incluso entre veredas políticas que se declaran irreconciliables en todo lo demás. La ideología pesa mucho en el discurso de campaña; pesa mucho menos cuando hay que decidir si se construye o no una carretera que reduce costos logísticos y abre mercados.

En Brasil, la disputa entre Lula y Flávio Bolsonaro seguirá siendo áspera, personalista y cargada de descalificaciones mutuas; esa es una batalla que les corresponde resolver a los brasileños en las urnas, no a nosotros desde afuera.

Pero justamente porque esa polarización no se va a resolver en octubre, la responsabilidad de Chile es no supeditar una relación bilateral sólida al resultado de una elección ajena. El corredor bioceánico, y todo lo que de él se deriva, exige una política de Estado que trascienda a quien gane, y eso solo se logra con un comportamiento institucional impecable de nuestra parte.

Esto no quiere decir que debamos restarle importancia a lo que está en juego en Brasil, ni que da igual qué candidato gane, sino de entender que el interés de Chile, que está relacionado con conectividad, inversión e infraestructura, no puede quedar rehén del resultado de una elección que no es la nuestra.

Nosotros debemos ver en estas elecciones, así como en cualquier otra, que lo importante es sostener en el tiempo los proyectos que superan la coyuntura electoral, con menos consignas pasionales y una política exterior orientada a resultados, gane quien gane en octubre.