La educación comienza en casa | Columna en El Rancagüino

Frente a hechos que golpean la conciencia pública, la respuesta no puede ser solo buscar culpables.

Foto: Magnific

Los casos que involucran la circulación de material de pornografía infantil o conductas de connotación sexual entre estudiantes generan una profunda conmoción. No solo por la gravedad de los eventuales hechos que deben ser esclarecidos por la justicia, sino porque nos lleva a preguntarnos: ¿qué está ocurriendo con la formación de nuestros niños y jóvenes? Cada episodio y relato deja una huella que trasciende a los involucrados. Instala una sensación de incertidumbre y desesperanza respecto del futuro, alimentando la idea de que valores que parecían fundamentales se han ido debilitando.

En momentos donde abundan los juicios, es natural mirar primero hacia el colegio. Los establecimientos educacionales tienen el deber de proteger, educar, prevenir y actuar  frente a cualquier vulneración de derechos. Sin embargo, sería un error pensar que toda la responsabilidad descansa sobre sus hombros. El colegio educa, pero la familia forma.

Es en el hogar donde se aprenden las primeras nociones de respeto, empatía, autocuidado, responsabilidad y dignidad de la persona. La familia es el primer educador y, por ello, el espacio fundamental donde se construyen los criterios éticos básicos. No se trata de buscar culpables ni de sentarlos en el sitial de los acusados, más bien esto es un llamado a reivindicar el rol esencial de la familia, a fortalecer el lugar donde comienza toda educación, con sus aciertos, sus limitaciones y su tremendo desafío de formar personas para la vida.

Cuando los vínculos familiares se debilitan, cuando el diálogo cotidiano desaparece, cuando el acompañamiento es reemplazado por la distancia o la tecnología reemplaza el lugar de la conversación, se generan vacíos difíciles de recuperar. Ninguna institución puede sustituir completamente el rol de los padres. La ausencia de estos vínculos no explica por sí sola conductas reprochables, pero sí puede favorecer escenarios donde la desorientación encuentra espacio.

Además vivimos en una cultura marcada por una creciente hipersexualización. Las redes sociales presentan la sexualidad desprovista de contexto, afectividad y responsabilidad, transformándola muchas veces en un producto de consumo inmediato. En ese ambiente, jóvenes que aún se encuentran desarrollando su capacidad de discernimiento, pueden terminar normalizando conductas que vulneran a otros, más aún cuando el entorno transmite la idea de que todo puede ser compartido y difundido.

Frente a hechos que golpean la conciencia pública, la respuesta no puede ser solo buscar culpables. También debemos preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo. La desesperanza nunca puede transformarse en resignación. Si queremos recuperar la confianza en las nuevas generaciones, debemos volver a fortalecer aquello que es el cimiento de una comunidad sana: familias presentes, colegios comprometidos y una cultura que vuelva a situar la dignidad humana, el respeto y la responsabilidad en el centro.