Contra la cultura del mínimo esfuerzo | Columna en Cooperativa

Esta cultura se consolidó en la última década con la instauración de normativas legales y administrativas inspiradas en una nueva filosofía de la educación más horizontal y valorativa de los procesos. Aunque muchas de ellas estaban bien intencionadas, su aplicación poco reflexiva terminó por debilitar el esfuerzo y el rendimiento escolar.

Foto que muestra manos sosteniendo tizas para escribir en una pizarra, en la columna de opinión "Contra la cultura del mínimo esfuerzo" de IdeaPaís.

Foto: Imagen de Magnific

El retroceso de aprendizajes que mostró la prueba PISA en Chile y el mundo ha vuelto a poner en el debate público las causas que lo explican y la forma de enfrentarlas. Habitualmente se nombra a los rezagos de la pandemia, la irrupción de las redes sociales y a la IA como factores trascendentales. Sin lugar a dudas, cada una aporta su cuota a la ecuación.

El excesivo tiempo en que las escuelas se mantuvieron cerradas en Chile nos sitúa en uno de los primeros lugares a nivel mundial. Una insignia que debería ser motivo de vergüenza. Por su parte, las redes sociales debilitaron esa sencilla pero imprescindible capacidad llamada “atención”, que es condición necesaria para el acto de aprender e interactuar con otros. La IA en el contexto escolar está reemplazando paulatinamente ejercicios que antes requerían grandes esfuerzos cognitivos. Si antes escribir un ensayo requería restructurar argumentos, escribir, releer, borrar y volver a escribir; hoy ese proceso es reemplazable por un prompt escrito en un par de minutos.

Con toda la importancia que revisten estos factores, existe uno menos explorado, pero de enorme importancia que se ha infiltrado paulatinamente en la cultura escolar: la alta exigencia ha sido desplazada a un segundo plano para dar predominancia a una laxitud sin precedentes. La escuela ha sido transformada en un espacio de alta condescendencia con el alumno, al mismo tiempo que se debilitó la autoridad de la escuela y sus profesores.

Esta cultura se consolidó en la última década con la instauración de normativas legales y administrativas inspiradas en una nueva filosofía de la educación más horizontal y valorativa de los procesos. Aunque muchas de ellas estaban bien intencionadas, su aplicación poco reflexiva terminó por debilitar el esfuerzo y el rendimiento escolar.

Un ejemplo concreto es el Decreto N°67 del Mineduc, promulgado en el segundo gobierno de Michelle Bachelet, que reemplazó la repitencia automática por un sistema que la hace casi imposible. Si bien el cambio se realizó para evitar la desmotivación y la deserción escolar, hoy se promueve de curso a estudiantes que no cumplen los aprendizajes mínimos para enfrentar con éxito los niveles posteriores.

Esta norma administrativa, además, introdujo un cambio estructural en la lógica evaluativa: de un sistema centrado en resultados, pasamos a uno centrado en el proceso. Un avance importante porque pone el foco en la retroalimentación y evaluación formativa. Sin embargo, esta normativa incentivó a muchos colegios a darle mayor prevalencia a procedimientos evaluativos que hoy son fácilmente fabricables por la IA, en desmedro de las pruebas escritas y las evaluaciones orales.

Por último, la creación del Ranking por acuerdo del Consejo de Rectores en 2012 y el sostenido aumento de la ponderación del NEM en la admisión universitaria produjeron una inflación de notas inédita. Hoy es más fácil que antes obtener mejores calificaciones con un menor esfuerzo.

Regular el uso de la IA y las redes sociales parece del todo prudente en este escenario. Pero ninguno de esos esfuerzos será suficiente si no construimos una cultura escolar que valore la exigencia y el rigor. No es posible tener mejores aprendizajes si el sistema incentiva y premia la lógica del menor esfuerzo.