El mejor caso posible: ¿alcanza el altruismo? | Columna en Fast Check
Aceptar la subrogación, incluso en su versión más amable y noble, instala la idea de que los hijos son realizaciones del deseo adulto, más que sujetos con una dignidad propia que escapa al control humano.

Foto: Imagen de Jonathan Sanchez / Unsplash
Rob Jetten será el primer jefe de gobierno neerlandés desde la posguerra en tener un hijo mientras ejerce el cargo. Es, además, el primero en recurrir a la gestación subrogada. Dos primicias es una sola ecografía, anunciada en Instagram, en tres idiomas y con fecha estimada –en la primavera del hemisferio norte.
Los detalles llegaron con esmero. El comunicado de su partido (D66) precisa que los donantes de los gametos, y la subrogante, Lisa, son conocidos de la pareja y que «no existe ninguna forma de gestación subrogada comercial», subrayando así el carácter altruista del acuerdo. Lisa lo ha descrito como una manera muy especial de ayudar a que se cumpla el sueño de unos amigos.
Es difícil imaginar un caso más favorable. Un deseo legítimo y entrañable de tener un hijo, una amistad de por medio, una mujer generosa y un marco legal que deja fuera al mercado –la ley neerlandesa, en efecto, sólo admite la no comercial. Y por eso mismo sirve de ejemplo. Si las objeciones a la subrogación resisten frente al mejor caso, resisten frente a todos los demás. Veamos.
La defensa habitual de la gestación subrogada denominada altruista, apela a la libertad: si una mujer decide gestar para otros sin recibir nada a cambio, ¿por qué prohibirlo? La ausencia de dinero despeja, con razón, buena parte de las sospechas: la explotación de mujeres pobres, la mercantilización del embarazo, entre otras. Pero no todas. Esa defensa descansa en una visión hipertrofiada del consentimiento. Como advirtió el jurista francés Michel Villey, no todo acto voluntario es legítimo, y la autonomía, por valiosa que sea, tiene límites, sobre todo cuando compromete el cuerpo propio o a terceros.
Al retirar la transacción persisten tres problemas de fondo que no dependen de ella.
El primero es la fragmentación. La subrogación, en cualquiera de sus versiones, disocia las distintas dimensiones de la maternidad: la genética, la gestacional y la social. En este caso la separación es casi contable: una mujer aporta los óvulos, otra gesta, otra(o) cría. Tratar el embarazo como una función aislada, ejecutable por una mujer y luego transferible, desconoce que está unido orgánicamente a la experiencia afectiva y simbólica de ser madre. La realidad corporal y psíquica resiste esa separación, y nuestro ordenamiento jurídico también, que determina la maternidad por el parto.
El segundo es la instrumentalización. Nada de esto es un juicio sobre Lisa, cuya generosidad no está en discusión, sino sobre lo que el arreglo presupone: que la capacidad reproductiva de una mujer puede ofrecerse, gestionarse o delegarse en función de un proyecto ajeno. La dignidad no consiste en hacer cualquier cosa con el propio cuerpo, sino en que este no sea tratado como mero medio para fines ajenos, por más nobles que parezcan. Ninguna buena voluntad satisface esa exigencia por sí sola.
El tercer y quizás el más grave, recae sobre el niño. La subrogación lo convierte en objeto de un encargo. Algo que se planifica, se gestiona y se entrega bajo ciertas condiciones. En este mercado esas condiciones pueden ser bastante exigentes; los contratos llegan a regular el estilo de vida de la madre, el seguimiento médico e incluso qué hacer ante una malformación o un embarazo múltiple. En el modelo entre amigos, aunque esas exigencias no se escriban, las preguntas siguen ahí: ¿qué ocurre si el niño nace con una enfermedad?, ¿y si la gestante cambia de opinión? Como bien señala la filósofa feminista Sylviane Agacinski, el “derecho a un hijo” es una expresión profundamente equivocada. El hijo no es un bien debido, ni una cosa que se tiene derecho a obtener, sino un alter que se acoge.
Aceptar la subrogación, incluso en su versión más amable y noble, instala la idea de que los hijos son realizaciones del deseo adulto, más que sujetos con una dignidad propia que escapa al control humano. Esta lógica, que pone al niño al servicio del proyecto de otro, es incompatible con una visión ética de la filiación, basada en la acogida y en el reconocimiento del otro como fin en sí mismo.





